La Isla del tesoro

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El viejo se enfureció sobremanera. Se puso en pie de un brinco, sacó y abrió una de esas navajas de muelle que suelen llevar los marineros y, sopesándola en la palma de la mano, amenazó con dejar clavado en la pared al médico.

Este ni pestañeó. Se dirigió de nuevo a él, como anteriormente, hablándole por encima del hombro y en el mismo tono de voz, bastante alto, para que todos los presentes pudieran oírle, pero sin alterarse lo más mínimo:

—Si no guardáis inmediatamente esa navaja en el bolsillo, os aseguro por mi honor que os ahorcarán en la próxima audiencia que se celebre.

Luego hubo un enfrentamiento de miradas entre ellos; pero el capitán acabó por claudicar, se guardó la navaja y volvió a sentarse, como perro apaleado.

—Y ahora, caballero, que ya sé que hay un pájaro como vos en mi jurisdicción —prosiguió el doctor—, tened por seguro que no os perderé de vista ni de día ni de noche. Además de médico, soy magistrado y, a la más mínima queja que tenga contra vos, aunque no sea más que por una grosería como la de esta noche, tomaré las medidas pertinentes para que os detengan y os expulsen de estas tierras. Y aquí paz y después gloria.

Al poco trajeron a la puerta de la posada el caballo del doctor Livesey y este se marchó; y el capitán nos dio tregua aquella noche y muchas otras después.


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