La Isla del tesoro

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CAPÍTULO II

Poco después de esta escena se produjo el primero de los misteriosos acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán, aunque no, como veréis, de sus asuntos. Aquel invierno fue muy crudo, con muchas heladas y vientos huracanados; enseguida nos dimos cuenta de que no era muy probable que mi pobre padre llegara a la primavera. Cada día estaba más desmejorado, y mi madre y yo tuvimos que hacernos cargo de la posada, cosa que nos daba tanto quehacer que poco tiempo nos quedaba para prestarle atención a nuestro desagradable huésped.

Fue una mañana de enero, muy temprano, una mañana de un frío helador; la ensenada estaba gris de escarcha, las olas lamían suavemente las rocas y el sol estaba todavía bajo y apenas acariciaba las cumbres y se reflejaba levemente sobre el mar. El capitán se había levantado más temprano que de costumbre y se había dirigido hacia la playa, con el machete balanceándose bajo los amplios faldones de su vieja casaca azul, el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero en el cogote. Recuerdo el vaho de su aliento suspendido tras él como si fuera una estela de humo mientras se alejaba, y lo último que le oí cuando giró tras la gran peña fue una especie de gruñido de indignación, como si todavía estuviera dándole vueltas en la cabeza al percance con el doctor Livesey.


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