La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El caso es que mi madre estaba arriba con mi padre y yo poniendo la mesa para que el capitán almorzara a su regreso, cuando se abrió la puerta de la sala y entró en ella un hombre al que no habÃa visto jamás. Era un tipo pálido y seboso al que le faltaban dos dedos de la mano izquierda; aunque llevaba sable, no tenÃa aspecto de pendenciero. Yo seguÃa ojo avizor a cualquier marinero, cojo o no, y recuerdo que este me intrigó. No parecÃa del gremio, aunque algo en él olÃa a mar.
Le pregunté en qué podÃa servirle y me contestó que se tomarÃa un vaso de ron; pero cuando me disponÃa a salir de la habitación para ir a buscárselo se sentó a la mesa y me hizo señas de que me acercara. Me quedé parado donde estaba, con la bayeta en la mano.
—Ven acá, hijo, acércate —me dijo. Yo di un paso hacia él.
—¿Es esta la mesa de mi compadre Bill? —preguntó mirando de soslayo.
Le contesté que no conocÃa a su compadre Bill, y que la mesa era la de un hombre que se hospedaba en nuestra casa al que llamábamos capitán.