La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Ni se nos pasó por la imaginación dudar de Jim Hawkins, pero nos preocupaba su seguridad. Con lo alterados que estaban los hombres, lo más probable es que no volviéramos a ver al muchacho. Subimos corriendo a cubierta. La pez borboteaba en las ensambladuras de la tablazón y el fétido olor de aquel lugar me dio náuseas; si en algún lugar se puede percibir el olor a fiebre y a disentería, es en aquel espantoso fondeadero. Los seis canallas andaban refunfuñando, sentados bajo una vela en el castillo de proa; en la orilla se veían las chalupas atracadas en las inmediaciones de la desembocadura del arroyo, y a un hombre sentado en cada una de ellas. Uno de los dos silbaba el Lillibullero[32].