La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Lo que más me gustó fue el manantial. Porque, aunque la cámara de oficiales de la Hispaniola estaba bastante bien abastecida con abundantes armas y municiones y comida y excelentes vinos, habíamos descuidado una cosa: nos faltaba agua. En ello cavilaba cuando de repente retumbó por toda la isla el grito de muerte de un hombre. No era la primera vez que me enfrentaba a una muerte violenta; serví en el regimiento de S. A. R. el duque de Cumberland, e incluso me hirieron en Fontenoy, pero reconozco que se me heló la sangre en las venas. «Han acabado con Jim Hawkins», fue lo primero que se me ocurrió.
Haber sido soldado tiene sus ventajas, pero más las tiene ser médico, pues en nuestra profesión no se puede perder el tiempo. De modo que tomé inmediatamente la decisión de regresar sin más tardanza a la orilla y subir al esquife.
Afortunadamente Hunter era un excelente remero. Volamos sobre el agua y en un santiamén acostamos la goleta y subí a bordo.
Estaban todos muy disgustados, como es natural. El caballero estaba sentado, blanco como la cera, preocupado por el peligro al que nos había expuesto, pobre hombre, y uno de los seis marineros del castillo de proa estaba también muy afectado.