La Isla del tesoro

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—Ese hombre no está acostumbrado a estas cosas —dijo el capitán Smollett señalándolo con un gesto de la cabeza—. Casi se desmaya, doctor, cuando oyó el grito. Otra vuelta de tuerca y se pasa a nuestro bando.

Le expliqué al capitán mi plan y, entre los dos, acordamos todos los detalles para llevarlo a cabo.

Apostamos al viejo Redruth en la galería, entre la cámara de oficiales y el castillo de proa, con tres o cuatro mosquetes cargados y atrincherado tras un colchón. Hunter trajo el bote hasta el portalón de popa y Joyce y yo nos pusimos a cargarlo con barriles de pólvora, mosquetes, bolsas de galletas, cajones de cerdo en salazón, una barrica de coñac y mi inestimable cofre de medicamentos.

Entretanto, el caballero y el capitán se quedaron en cubierta y este último se dirigió al timonel, que era el marinero de más autoridad a bordo, y le dijo:

—Señor Hands, aquí estamos el capitán y yo con un par de pistolas cada uno. Si alguno de vosotros da la más mínima señal, es hombre muerto.

Se quedaron todos muy sorprendidos y, tras un breve conciliábulo, se metieron por la escotilla de proa, pensando que podrían sorprendernos por la retaguardia. Pero cuando vieron que Redruth los esperaba abajo en la galería de barandilla, retrocedieron y una cabeza volvió a asomar en cubierta.

—¡Abajo, perro! —exclamó el capitán.


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