La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El que nos arriesgáramos a cargar por segunda vez el esquife parece más atrevido de lo que lo era en realidad. Ellos, por supuesto, nos aventajaban en número, pero nosotros los superábamos en armas. Ninguno de los hombres que estaban en tierra tenía mosquete, y, antes de que se nos aproximaran a tiro de sus pistolas, contábamos con poder dar buena cuenta de al menos media docena de ellos.
El caballero me esperaba en el ventanal de popa, ya totalmente recuperado. Agarró el cabo y lo amarró, y nos pusimos a cargar el esquife como si nos fuera la vida en ello. El cargamento se componía de cerdo, pólvora y galletas, más un único mosquete y un machete por barba para el caballero, yo, Redruth y el capitán. Arrojamos el resto de las armas y la pólvora por la borda a dos brazas y media de profundidad, de tal modo que podíamos ver el acero reluciendo al sol sobre el limpio lecho arenoso del fondo del mar.
La marea estaba empezando a bajar y el barco giraba alrededor del ancla; procedentes de los dos botes, se oían lejanas voces de llamada y aunque esto nos tranquilizó con respecto a Joyce y Hunter, que estaban mucho más al Este, fue la señal de que teníamos que apresurar nuestra marcha.
Redruth salió de su reducto en la galería y se dejó caer al esquife, el cual condujimos al costado del barco para facilitarle la bajada al capitán Smollett.