La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Marineros, oÃdme bien —les dijo.
Nadie respondió desde el castillo de proa.
—Me dirijo a ti, Abraham Gray. A ti te estoy hablando.
No hubo respuesta.
—Gray —prosiguió el señor Smollett un poco más fuerte—, abandono el barco y te ordeno que sigas a tu capitán. Sé que en el fondo eres buena persona. Es más, creo que ninguno de vosotros es tan malo como pretende. Tengo el reloj en la mano. Te doy treinta segundos para que te unas a mÃ. Hizo una pausa y luego continuó:
—Vamos muchacho, no te lo pienses tanto. Estoy jugándome la vida y la de estos caballeros cada segundo que pasa.
De repente se oyó un tumulto, un ruido de golpes, y Abraham Gray apareció con un navajazo en la mejilla y echó a correr hacia el capitán como un perro cuando le silban, al tiempo que decÃa:
—A sus órdenes, señor.
Un instante después, él y el capitán bajaban hasta el esquife y salÃamos a todo remar.
Estábamos a buena distancia del barco, pero aún no habÃamos llegado a la empalizada en tierra firme.