La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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En segundo lugar, la marea formaba ahora una fuerte corriente ondulante que cruzaba el fondeadero en dirección Oeste y luego seguía en dirección Sur y hacia el mar abierto, atravesando la bocana por la que habíamos entrado por la mañana. Incluso la simple ondulación era un peligro para nuestro esquife, que iba sobrecargado; pero lo peor era que nos alejaba de nuestro rumbo y del lugar en el que queríamos desembarcar, al otro lado de la punta. Si permitíamos que nos venciera la corriente, atracaríamos entre los botes, y los piratas podrían aparecer en cualquier momento.

—No consigo mantener el rumbo hacia la empalizada, señor —le dije al capitán.

Yo llevaba el timón, mientras que él y Redruth, que estaban más descansados, manejaban los remos.

—La corriente nos arrastra. ¿No podríais remar un poco más fuerte? —insistí.

—No sin anegar la barca —contestó el capitán—. Por favor, señor, mantened firme el timón, mantenedlo hasta que consigáis enderezar el rumbo.

Lo intenté y, tras mucho probar, vi que la marea seguía arrastrándonos hacia el Oeste mientras yo no pusiera rumbo al Este, es decir, mientras no formara casi un ángulo recto con el rumbo que debíamos llevar.

—A este paso nunca llegaremos a tierra —dije.


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