La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Se nos había olvidado por completo el cañón largo del nueve; y allí, para nuestro espanto, estaban los cinco canallas afanándose en torno a él, quitándole el chaleco, nombre que se solía dar a la funda de fuerte lona embreada que lo protegía. Y para colmo de males, en el mismo instante se me pasó por la cabeza que nos habíamos dejado a bordo los proyectiles y la pólvora de cañón, y que de un hachazo se apoderarían de ellos los diablos que estaban en el barco.

—Israel fue cañonero de Flint —dijo Gray con voz ronca.

Jugándonos el todo por el todo, pusimos rumbo a nuestro punto de atraque. Para entonces nos habíamos alejado tanto del curso de la corriente, que pudimos mantener el rumbo incluso a la velocidad tan reducida que inevitablemente llevábamos a fuerza de remo; así conseguí enfilar directamente nuestro destino. Lo peor de todo era que, con el rumbo que ahora llevábamos, le ofrecíamos a la Hispaniola el costado en lugar de la popa y, por lo tanto, éramos un blanco del tamaño del portalón de un pajar.

Pude oír, y también ver, a Israel Hands, ese canalla con cara de borracho, rodando un proyectil por la cubierta.

—¿Quién es el mejor tirador? —preguntó el capitán.


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