La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —El señor Trelawney, con mucha diferencia —le contesté.
—Señor Trelawney, ¿me harÃais el favor de cazarme a uno de esos hombres, a Hands preferentemente? —dijo el capitán.
Trelawney, frÃo como el acero, comprobó el cebo de su arma.
—Señor, cuidado con el mosquete —gritó el capitán— o se hundirá el esquife. Estad todos dispuestos a equilibrarlo cuando apunte.
El caballero levantó el arma, los remos se detuvieron y nos inclinamos hacia el lado opuesto para contrarrestar el peso; todo se llevó a cabo con tal precisión, que no nos entró ni una gota de agua.
Para entonces los del barco ya tenÃan el cañón girado sobre el pivote y Hands, que estaba junto a la boca del arma con la baqueta en la mano era, por lo tanto, el más expuesto. Sin embargo, no tuvimos suerte; porque, justo cuando Trelawney disparó, el otro se agachó, la bala pasó silbando por encima de su cabeza y fue otro de los cuatro el que cayó.
El grito que este dio lo repitieron no solo sus compañeros a bordo, sino un gran número de voces en tierra, y cuando miré en aquella dirección vi que los piratas salÃan a la carrera de entre los árboles y se abalanzaban hacia las embarcaciones.
—Ahà vienen los botes, señor —dije.