La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —A toda marcha, pues —gritó el capitán—. Lo mismo da que nos hundamos, porque, si no conseguimos llegar a tierra, estamos perdidos.
—Solo viene un bote, señor —añad×. Seguramente, la tripulación del otro va por tierra para cortarnos el paso.
—Pues van a sudar tinta, señor —repuso el capitán—, que en tierra los marineros no dan pie con bola. No son ellos los que me preocupan, sino las balas del cañón. Para ellos es un juego de niños, no fallarÃa ni un ciego. Caballero, avisadnos cuando los veáis prender la mecha, para que rememos hacia atrás.
Entretanto, y a pesar de lo cargados que Ãbamos, habÃamos conseguido avanzar a buen ritmo sin que nos entrara apenas agua en el bote. Estábamos muy cerca: treinta o cuarenta paladas y alcanzábamos la playa; en efecto, la marea ya habÃa dejado al descubierto una estrecha franja de arena al pie de los grupos de árboles. Ya no habÃa motivo para temer la llegada de la chalupa, que habÃa quedado oculta tras la pequeña punta. La marea menguante, que tan cruelmente nos habÃa retrasado, jugaba ahora a nuestro favor, demorando a nuestros adversarios. La única fuente de peligro era el cañón.
—PodrÃa arriesgarme —dijo el capitán— y parar, e intentar cazar a otro hombre.