La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Hasta ahí no se habían producido grandes daños. No se había perdido ninguna vida y podíamos vadear hasta la costa. Lo malo era que todas nuestras provisiones estaban en el fondo del mar y, lo que es peor, que solo dos de los cinco mosquetes seguían en buen uso. Yo había conseguido agarrar el mío, que llevaba sobre las rodillas, y levantarlo instintivamente por encima de mi cabeza. En cuanto al capitán, llevaba el suyo colgado en bandolera y, como era una persona prudente, con la culata hacia arriba. Los otros tres se habían hundido con el esquife.

Para colmo de males, oímos voces que se acercaban a nosotros procedentes del bosque que bordeaba la costa; y no solo corríamos el peligro de que nos cortaran el camino hacia la empalizada, en el lamentable estado en el que ya nos encontrábamos, sino que temíamos que, si media docena de hombres atacaba a Hunter y Joyce, estos no tuvieran la sangre fría y el valor para hacerles frente. Hunter era decidido, eso lo sabíamos. Pero en cuanto a Joyce teníamos nuestras dudas, pues era una persona agradable y cortés, ideal como ayuda de cámara, para cepillarle a uno la ropa, pero no precisamente capacitado para la lucha.

Con todas estas cavilaciones en mente, nos dispusimos a vadear a la mayor velocidad posible, dejando atrás nuestro pobre esquife y más de la mitad de la pólvora y las provisiones.


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