La Isla del tesoro
La Isla del tesoro (Narración continuada por el doctor)
Cruzamos lo más aprisa que pudimos la franja de bosque que ahora nos separaba de la empalizada; a cada paso que dábamos se aproximaban más las voces de los bucaneros. Pronto pudimos oír sus pisadas al correr y el crujir de las ramas mientras atravesaban el soto.
Empecé a comprender que una escaramuza sería inevitable y comprobé el cebo de mi arma, al tiempo que dije:
—Capitán, Trelawney es el mejor tirador; pasadle vuestra arma, que la suya está inservible.
Se intercambiaron los mosquetes, y Trelawney, tan silencioso y dueño de sí como se había mostrado desde el principio del asalto, se detuvo un momento para comprobar que el arma estaba bien cebada. Al mismo tiempo, dándome cuenta de que Gray iba desarmado, le di mi machete. Nos reconfortó enormemente verlo escupirse en las manos, fruncir el entrecejo y hacer silbar la hoja en el aire. Estaba más claro que el agua que nuestro nuevo recluta valía su peso en sal.
