La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¡Ay, caballero! No estarÃa bien que yo os lo dijera —fue su respuesta—. Pero, en fin, asà sea, ¡amén!
Tras un instante de silencio, pidió que alguien rezara algo y añadió como excusándose:
—Es la costumbre, señor.
Y poco después, sin pronunciar una palabra más, expiró. Entretanto, el capitán, cuyo pecho y cuyos bolsillos estaban increÃblemente abultados, como habÃa observado, habÃa sacado de ellos un montón de objetos diversos: la bandera británica, una Biblia, un grueso cabo de cuerda, pluma, tinta, el cuaderno de bitácora y unas libras de tabaco. HabÃa encontrado dentro del fortÃn un tronco de abeto bastante largo, talado y limpio de ramas, y con la ayuda de Hunter lo habÃa plantado en una esquina de la cabaña, donde se cruzaban los maderos formando un ángulo. Luego, subiéndose al tejado, él mismo habÃa desplegado e izado la bandera. Esto, al parecer, lo alivió enormemente.

Volvió a entrar en la cabaña y se puso a hacer recuento de las provisiones, como si no existiera nada más en el mundo. Pero estuvo pendiente de la muerte de Tom y, en cuanto todo terminó, se acercó con otra bandera y la extendió solemnemente sobre el cadáver.