La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El capitán y Gray ya lo estaban examinando y me bastó un vistazo para comprender que no se podÃa hacer nada por él.
Creo que la presteza con la que devolvimos los disparos habÃa vuelto a dispersar a los amotinados, pues no nos molestaron más mientras izamos al viejo guardabosque por encima de la empalizada y lo llevamos, quejándose y sangrando, hasta la cabaña.
El pobre hombre no habÃa pronunciado ni una palabra de sorpresa, queja, temor ni tampoco de conformidad desde el principio de nuestras dificultades hasta aquel momento en que lo tendÃamos en la cabaña, donde iba a morir. HabÃa resistido como un troyano detrás de su colchón en la galerÃa; habÃa acatado todas las órdenes sin rechistar, como un perro, y con diligencia. Era el más viejo de nuestro grupo y nos sacaba una veintena de años; y ahora le habÃa llegado la hora de morir a aquel criado viejo, taciturno y servicial. El caballero se arrodilló a su lado y le besó la mano, llorando como un crÃo.
—¿Me voy, doctor? —preguntó Redruth.
—Tom, amigo mÃo —le contesté—, te vas al cielo.
—Ojalá les hubiese hecho probar la pólvora de mi arma primero —repuso.
—Tom —dijo el caballero—, dime que me perdonas, te lo ruego.