La Isla del tesoro
La Isla del tesoro La fría brisa de la noche que ya he mencionado silbaba al colarse por las grietas del rudimentario edificio y sembraba el suelo de una lluvia continua de arena fina. Teníamos arena en los ojos, en los dientes, en la comida, arena borboteando en la fuente en el fondo del caldero, como las gachas cuando rompen a hervir. Nuestra chimenea era un agujero cuadrado en el tejado, por el que no salía más que una pequeña parte del humo, pues el resto se quedaba flotando por la casa, haciéndonos toser y llorar.
Añadamos a esto que Gray, nuestro nuevo compañero, tenía la cara vendada debido al navajazo que había recibido al separarse de los amotinados; y que el pobre de Tom Redruth seguía sin enterrar, tendido junto a la pared, rígido y tieso, cubierto por la bandera británica.
Si se nos hubiese permitido estar ociosos, nos habríamos puesto melancólicos, pero el capitán Smollett no era hombre que lo consintiera. Convocó a todos los hombres y nos repartió en dos retenes. El primero lo componíamos el doctor, Gray y yo, y el segundo, el caballero, Hunter y Joyce. A pesar de lo cansados que estábamos todos, mandó a dos por leña, y a otros dos, a cavar una fosa para Redruth; al doctor lo nombró cocinero, y a mí me apostaron de centinela en la puerta; y el capitán iba de unos a otros, levantándonos el ánimo y echando una mano siempre que hiciera falta.