La Isla del tesoro
La Isla del tesoro De la casa no quedaba prácticamente más que la estructura; pero en un rincón se veía una losa de piedra que hacía las veces de hogar, y una vieja y oxidada cesta de hierro que servía de brasero.
Los árboles de las laderas del montículo y del interior del fortín habían sido talados para construir la cabaña, y los tocones que quedaban nos indicaban que allí se había destruido una bella y frondosa arboleda. La mayor parte del suelo fértil había sido arrasada por las lluvias o había quedado enterrada bajo las dunas tras la tala de los árboles. Solo se veía tierra y un poco de vegetación en el regato por el que corría el agua procedente del caldero, tapizado de espeso musgo y en el que crecían algunos helechos y hiedra. Muy cerca del fortín, demasiado cerca a efectos de su defensa, según decían, el bosque seguía creciendo alto y frondoso, poblado únicamente de pinos hacia el interior y con una gran proporción de robles vivaces en la parte que daba a la costa.