La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Al cabo pensé que podía volver hacia el fortín. Me había adentrado bastante en el banco de arena que cierra el fondeadero por el Este y que, con marea baja, queda unido a la isla del Esqueleto; cuando me puse en pie, vi a cierta distancia hacia abajo en el banco de arena, rodeada de matorrales, una peña aislada, bastante alta y de un color blanco muy peculiar. Se me ocurrió que podría ser la peña blanca de la que me había hablado Ben Gunn y pensé que, si un día necesitábamos un bote, ya sabía dónde encontrarlo.

Así que fui bordeando el bosque hasta que llegué a la parte posterior de la empalizada, la que da al interior, y enseguida mis leales amigos me recibieron con alegría.

En cuanto les conté lo que me había pasado me puse a inspeccionar el lugar. Toda la cabaña, techo, paredes y suelo, estaba hecha con troncos de pino sin escuadrar. El suelo se alzaba en varios sitios un pie o pie y medio sobre la arena. Había un porche a la entrada y, bajo este, un manantial brotaba de una especie de fuente, que no era otra cosa sino un caldero grande de hierro procedente de un barco, al que le habían quitado el fondo y habían enterrado en la arena «hasta la línea de flotación», como decía el capitán.


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