La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El sol acababa de ponerse, la brisa del mar soplaba hacia el bosque agitando las copas de los árboles y ondulando la gris superficie del fondeadero; la marea estaba muy baja y había dejado al descubierto anchas franjas de arena; el aire, después del calor de todo el día, me helaba el cuerpo a pesar de la chaqueta.
La Hispaniola seguía anclada en el mismo lugar, aunque, no cabía duda alguna, en el mástil ondeaba la bandera negra de los piratas. Mientras la contemplaba se produjo otra llamarada y una nueva detonación, cuyo eco retumbó por toda la isla y una nueva bala atravesó el aire silbando. Fue el último cañonazo.
Me quedé un rato observando el ajetreo que siguió al ataque. Los hombres estaban destruyendo a hachazos algo en la playa, cerca del fortín; más tarde supe que era el pobre esquife. A lo lejos, cerca de la desembocadura del arroyo, una gran hoguera resplandecía entre los árboles, y uno de los botes iba y venía de ese punto a la nave, tripulado por los marineros que antes había visto tan taciturnos y que ahora remaban alborotando como niños. Y es que el tono de sus voces delataba el ron.