La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¿No te olvidarás? —inquirió, ansioso—. «MuchÃsima más confianza» y «sus propias razones», les dices. «Sus propias razones», eso es lo fundamental, te lo digo de hombre a hombre. Bueno, creo que puedes irte, Jim —pero seguÃa reteniéndome—. Y, Jim, si vieras a Silver, no se te ocurrirÃa traicionar a Ben Gunn, ¿verdad? No hay quien te lo saque, ni con sacacorchos, ¿a que no? No. Y si los piratas acampan en tierra firme, Jim, ¿qué dirÃas si por la mañana hubiera viudas?
Una violenta detonación interrumpió sus palabras y una bala de cañón llegó atravesando las copas de los árboles y fue a hundirse en la arena, a menos de cien yardas de donde estábamos hablando. Al instante siguiente cada uno de nosotros habÃa puesto pies en polvorosa en direcciones distintas.
Durante la larga hora siguiente, la isla se estremeció bajo la andanada y los proyectiles siguieron atravesando el bosque. Me desplazaba de un escondrijo a otro, siempre perseguido, o al menos a mà me lo parecÃa, por aquellos aterradores proyectiles. Pero cuando estaba terminando el bombardeo, aunque aún no me atrevÃa a aventurarme en dirección al fortÃn, donde caÃan las balas con más frecuencia, habÃa empezado en cierto modo a recobrar el valor y, tras dar un gran rodeo hacia el Este, me arrastré por entre los árboles que daban a la costa.