La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —No, camarada, ni hablar —repuso Ben—. Eres un buen chico, si no me equivoco, pero al fin y al cabo no eres más que un muchacho. Pero Ben Gunn se las sabe todas. Ni por todo el ron del mundo irÃa yo a donde vas tú ahora, ni hablar, hasta que no haya visto a tu caballero de alta cuna y me haya dado su palabra de honor. Y no olvides lo que te dije: «Tiene muchÃsima más confianza… —le tienes que decir—, muchÃsima más confianza», y luego le das un pellizco.
Y me pellizcó por tercera vez con el mismo aire cómplice.
—Y cuando haya que buscar a Ben Gunn, ya sabes dónde encontrarlo, Jim. En el mismo sitio donde lo encontraste hoy. Y el que venga que lleve algo blanco en la mano, y que venga solo. ¡Ah! Y les dices esto, les dices: «Ben Gunn tiene sus propias razones».
—Bien —dije—, creo que lo entiendo. Tenéis algo que proponer y queréis ver al caballero o al doctor; y os pueden encontrar donde os encontré yo. ¿Es eso todo?
—Y ¿cuándo?, dirás —añadió—. Pues pongamos desde mediodÃa hasta la sexta campanada[33].
—Entendido —dije—. Y ahora, ¿puedo irme?