La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Estaba claro que había dos hombres al otro lado de la empalizada, uno de ellos con un trapo blanco en la mano; el otro era nada menos que Silver en persona, de pie y tan tranquilo.
Era todavía bastante temprano y creo recordar que la mañana más fría de todas cuantas viví lejos de mi patria; hacía un frío que calaba hasta los tuétanos. El cielo estaba claro y sin nubes por encima de nuestras cabezas, y las copas de los árboles reflejaban el resplandor rosado del sol. Pero el lugar donde Silver estaba apostado con su subordinado estaba todavía en sombra y una bruma blanca que había subido durante la noche desde la ciénaga les llegaba hasta las rodillas. Entre el frío y la niebla, la isla no resultaba nada atractiva. Era sencillamente un lugar húmedo, palúdico e insalubre.
—Quedaos dentro todos —ordenó el capitán—. Diez contra uno a que esto es una trampa.
Luego se dirigió al bucanero y le gritó:
—¿Quién vive? ¡Alto o disparamos!
—Bandera blanca —exclamó Silver.
El capitán estaba en el porche, manteniéndose cuidadosamente al resguardo de cualquier disparo traicionero. Se volvió hacia nosotros y nos dijo:
