La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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En cuanto al primero, aunque estábamos a media milla de distancia, podíamos oír a los amotinados rugir y cantar hasta altas horas de la madrugada; y en cuanto al segundo, el doctor se apostaba la peluca a que, acampados como estaban en plena ciénaga y sin medicamento alguno, la mitad de ellos estarían postrados en menos de una semana.

—Así que, si no nos han matado a tiros antes —añadió el doctor—, estarán encantados de largarse en la goleta. Al fin y al cabo es un barco y se pueden dedicar de nuevo a la piratería, digo yo.

—Será el primer barco que yo pierda —comentó el capitán Smollett.

Yo estaba muerto de cansancio, como os podéis figurar, y cuando por fin pude conciliar el sueño, cosa que no sucedió hasta haber dado muchas vueltas, me quedé dormido como un tronco.

Los demás ya se habían levantado hacía un buen rato y habían desayunado, y el montón de leña había aumentado en casi otro tanto, cuando me despertó un ajetreo y un rumor de voces.

—¡Bandera blanca! —oí que decía alguien.

Y luego, con un grito de sorpresa:

—¡Pero si es el mismísimo Silver!

Al oír aquello pegué un brinco y, frotándome los ojos, fui a apostarme tras un agujero que había en la pared a modo de tronera.


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