La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Antes de cenar enterramos al viejo Tom en la arena y permanecimos un rato a su alrededor, con la cabeza descubierta a pesar de la brisa. Habíamos conseguido una buena cantidad de leña, pero insuficiente a ojos del capitán, que, agitando la cabeza, nos dijo que a la mañana siguiente tendríamos que «reanudar la tarea con más entusiasmo». Luego, cuando nos comimos la carne de cerdo y cada cual recibió un buen vaso de aguardiente, los tres jefes se fueron a un rincón a discutir nuestras perspectivas.
Al parecer no se les ocurría ninguna solución, pues los víveres eran tan escasos que tendríamos que rendirnos por hambre antes de que llegaran los refuerzos. Pero decidieron que nuestra mayor esperanza estaba en ir exterminando a los bucaneros hasta que optaran bien por arriar la bandera bien por huir con la Hispaniola. De diecinueve que eran, ya solo quedaban quince, otros dos estaban heridos y uno al menos, el hombre que había caído junto al cañón, estaba gravemente herido, si no muerto. Cada vez que abríamos fuego sobre ellos, había que aprovechar la ocasión, teniendo el mayor cuidado en no poner en peligro nuestras vidas. Y, además, contábamos con dos buenos aliados: el ron y el clima.