La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Hawkins todavÃa no ha desayunado —prosiguió el capitán Smollett—. Hawkins, coge algo y cómetelo en tu puesto. Rápido, muchacho. Buena falta te hará antes de que acabe la refriega. Hunter, sirve una ronda de aguardiente a todos los hombres.
Entretanto, el capitán fue pergeñando mentalmente los últimos detalles del plan de defensa. Luego dijo:
—Doctor, os ocuparéis de la puerta, pero ¡ojo!, no os expongáis; quedaos dentro y disparad desde el porche. Hunter, defenderás el lado Este, allÃ. Joyce, tú te encargarás del lado Oeste, muchacho. Señor Trelawney, sois el mejor tirador: vos y Gray defenderéis el lado Norte, el que tiene las cinco troneras; ese es el lado más peligroso. Si son capaces de llegar hasta él y disparar a través de nuestras propias troneras, la cosa se nos pondrá muy fea. Hawkins, ni tú ni yo servimos para mucho disparando; nos ocuparemos de cargar las armas y de echar una mano.
Como habÃa dicho el capitán, ya no hacÃa frÃo. En cuanto el sol asomó por encima de las copas de los árboles, cayó con toda su fuerza sobre el calvero y disipó la bruma en un santiamén. Al poco, la arena quemaba y la resina se derretÃa sobre los troncos de la cabaña. Todos nos quitamos las casacas y las chaquetas, nos desabrochamos los cuellos de las camisas y nos arremangamos; y allà nos quedamos, cada uno en su puesto, sudando de calor y de ansiedad.