La Isla del tesoro

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—Yo también tengo un hijo; os parecéis como dos gotas de agua y estoy muy orgulloso de él —añadió—. Pero lo más importante para los muchachos es la disciplina, hijo, la disciplina. Si hubieras navegado con Bill, no habrías esperado a que te dijera las cosas dos veces, te lo aseguro. Así es como se las gastaba Bill, y todos los que navegaban con él. Pero mira, ahí viene mi compadre Bill con el catalejo bajo el brazo; qué chusco. Tú y yo vamos a volver a la sala, hijo, y nos pondremos detrás de la puerta, y le daremos una sorpresita a Bill; qué chusco es.

Y diciendo esto, el forastero volvió a entrar en la sala conmigo y me colocó detrás de él en el rincón, de tal manera que ambos quedábamos ocultos tras la puerta abierta. Yo estaba muy inquieto y asustado, como os podéis imaginar, y mi temor creció al ver que el forastero estaba igual de asustado. Desembarazó la empuñadura del machete y comprobó que la hoja corría dentro de la vaina; y mientras estuvimos aguardando no hacía más que tragar saliva, como si tuviera lo que se suele llamar un nudo en la garganta.

Al fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe, sin mirar ni a un lado ni a otro, y cruzó la habitación dirigiéndose directamente a donde le aguardaba el almuerzo.


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