La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Bill —dijo el forastero con una voz que me pareció que pretendÃa ser fuerte y segura.
El capitán giró sobre sus talones y nos miró de frente. Se le mudó la color y hasta la nariz se le puso lÃvida; tenÃa el aspecto de un hombre que está viendo una aparición, o incluso el diablo o algo peor, si es que existe; y os juro que me dio pena verlo de repente tan envejecido y enfermo.
—Vamos, Bill, ya sabes quién soy, ¿o acaso te has olvidado de tu viejo camarada de tripulación? —dijo el forastero.
El capitán pegó un respingo y exclamó:
—¡Perro Negro!
—¿Y quién si no? —replicó el otro, un poco más tranquilo—. Perro Negro el de siempre, que ha venido a ver a su viejo compadre Bill a la posada del Almirante Benbow. ¡Ay, Bill, Bill! ¡Cuánto ha llovido para nosotros desde que perdà los dos garfios! —añadió alzando su mano mutilada.
—Está bien —dijo el capitán—, me has localizado. Aquà estoy. Ahora habla, ¿qué quieres?
—No has cambiado, Bill —replicó Perro Negro—. Siempre vas al grano, Billy. Que este buen muchacho me traiga un vaso de ron, al que tanto me aficioné; y, si te parece, nos sentamos y hablamos claro, como viejos camaradas.