La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Cuando volvà con el ron ya se habÃan sentado, cada uno a un lado de la mesa del capitán. Perro Negro, más cerca de la puerta, sentado de lado, como para controlar al mismo tiempo a su viejo camarada y, al menos eso me pareció a mÃ, el camino de retirada.
Me indicó que me fuera y que dejase la puerta abierta de par en par.
—No me gustan las cerraduras, hijo —dijo.
Los dejé a solas y me retiré detrás de la barra.
Aunque desde luego hice todo lo que pude por escuchar, durante un largo rato no conseguà oÃr más que un farfulleo; pero al cabo las voces subieron de tono y pude captar una o dos palabras, principalmente juramentos proferidos por el capitán.
—No, no, no, no; ¡ya basta! —gritó una vez. Y luego:
—¡Si hay que acabar en la horca, acabaremos todos!
