La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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De repente se oyó un tiberio de palabrotas y otros ruidos; la silla y la mesa volaron patas arriba y siguió un entrechocar de metales, luego un grito de dolor y, al momento, vi a Perro Negro en plena huida y al capitán en ardiente persecución, ambos blandiendo los machetes y el primero con el hombro izquierdo ensangrentado. En el umbral de la puerta, el capitán le dirigió al fugitivo un último y tremendo mandoble, que seguramente lo habría cortado en dos por el espinazo de no haber ido a dar primero con nuestro gran letrero del Almirante Benbow. Aún hoy se puede ver el tajo que hizo en la parte inferior del marco.

Aquella estocada fue la última del lance. Cuando llegó al camino, Perro Negro, a pesar de su herida, puso pies en polvorosa y desapareció por detrás del cerro en un santiamén. El capitán, por su parte, se quedó mirando fijamente el letrero como un poseso. Luego se pasó la mano por delante de los ojos varias veces y por fin volvió a entrar en la posada y dijo:

—¡Jim, ron!

Al hablar se tambaleó ligeramente y se tuvo que sostener apoyándose con una mano en la pared.

—¿Estáis herido? —le pregunté.

—¡Ron! —repitió—. He de marcharme de aquí. ¡Ron! ¡Ron!


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