La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Corrà a buscar la bebida, pero estaba muy nervioso por todo lo que habÃa sucedido y rompà un vaso y se me atoró la espita de la barrica; cuando andaba enredado con todo esto, oà que algo muy pesado se caÃa en la sala y acudà corriendo: allà estaba el capitán, tendido cuan largo era en el suelo. En aquel mismÃsimo momento, mi madre, alarmada por los gritos y el ruido de la lucha, bajó a toda prisa las escaleras para acudir en mi ayuda. Entre ambos le levantamos la cabeza. Respiraba pesada y entrecortadamente, y tenÃa los ojos cerrados y el rostro de un color espantoso.
—¡Ay, Dios mÃo, qué desgracia nos ha caÃdo encima! —exclamó mi madre—. ¡Y con lo enfermo que está tu pobre padre!
Entretanto no tenÃamos ni idea de qué hacer para socorrer al capitán, ni otro pensamiento que el de que habÃa sido herido de muerte en la refriega. Traje el ron y traté de hacérselo tragar; pero tenÃa los dientes apretados y las mandÃbulas como si fueran de hierro. Fue un alivio para nosotros que, en aquel momento, se abriera la puerta y entrara el doctor Livesey, que venÃa a visitar a mi padre.
—¡Ay, doctor, no sabemos qué hacer! —exclamamos—. ¿Dónde estará herido?