La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Mientras limpiaba la casa y fregaba los cacharros de la comida iban creciendo mi repulsión y mi envidia, hasta que al fin, sin que nadie me viera, di el primer paso de mi escapada y me llené los bolsillos de la casaca de galletas, que cogí de un saco que había junto a mí.
Diréis que fui un necio y qué duda cabe de que iba a cometer una tontería y una temeridad; pero estaba decidido a ello, aunque pensaba tomar todas las precauciones que pudiera. Si me ocurría algo, con las galletas evitaría morir de hambre, al menos hasta el día siguiente.
Luego, cogí también un par de pistolas y, como ya tenía un cuerno para la pólvora y balas, pensé que iba bien armado.
El plan que tenía en mente en realidad no era malo. Pensaba bajar hasta el banco de arena que separa la parte oriental del fondeadero del mar abierto, buscar la peña blanca que había visto la tarde anterior y comprobar si era allí donde Ben Gunn había escondido su bote; todavía sigo pensando que valió la pena averiguarlo. Como estaba seguro de que no me darían permiso para marcharme del fortín, mi plan consistía en despedirme a la francesa y largarme cuando nadie me viera; y esa forma de actuar era tan fea, que todo el proyecto quedaba en entredicho. Pero yo no era más que un muchacho y no pensaba echarme atrás.