La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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El caso es que las cosas me salieron que ni a pedir de boca. El caballero y Gray estaban muy ocupados curando las heridas del capitán: no había moros en la costa; salí como una flecha hacia la empalizada, la salté, me adentré en la espesura del bosque y, antes de que se descubriera mi ausencia, estaba lejos del alcance de las voces de mis compañeros.

Esa fue mi segunda tontería, y peor que la primera, pues no habían quedado más que dos hombres sanos al cuidado del fortín; pero, al igual que la primera, al final sirvió para que nos salváramos todos.

Me encaminé directamente hacia la costa oriental de la isla, pues estaba decidido a bordear el banco de arena para evitar que me descubrieran desde el fondeadero. La tarde estaba ya avanzada, aunque todavía calentaba el sol. Mientras me abría camino por entre la espesura, podía oír por delante de mí no solo el continuo batir del oleaje, sino un rumor de hojas y crujir de ramas que me indicaban que la brisa marina era más fuerte que de costumbre. Al poco me llegaron unas ráfagas de aire fresco y enseguida alcancé la linde del bosque y vi el ancho mar, azul y soleado, extendiéndose hasta el horizonte, y las olas rompiéndose en una línea de espuma sobre la playa.


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