La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Nunca vi la mar en calma alrededor de la isla del Tesoro. Aunque hubiera un sol resplandeciente, no se moviera ni una brizna de aire y la superficie del agua estuviera lisa y azul, enormes olas iban a estrellarse siempre contra la costa, retumbando día y noche sin cesar; creo que no hay un solo lugar en la isla en el que no se alcance a oír aquel rumor.
Caminé por la orilla del agua muy contento hasta que, pensando que ya me encontraba bastante al Sur, me deslicé, escondido por entre los matorrales, hasta la cresta de la lengua de arena.
Detrás de mí estaba el mar, delante, el fondeadero. La brisa había cesado, como agotada por su desacostumbrada violencia, y en su lugar se había levantado un viento ligero y variable de Sur y Sudeste que arrastraba grandes bancos de niebla; el fondeadero, a sotavento de la isla del Esqueleto, se veía tan inmóvil y plomizo como cuando arribamos a él por primera vez. La Hispaniola se reflejaba en aquel espejo liso, desde la punta del palo mayor hasta la línea de flotación, con la bandera negra en lo alto.