La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Cuando me desperté era de día y me encontré sacudido por las aguas de la punta Sudoeste de la isla del Tesoro. El sol ya se había levantado, pero aún quedaba oculto tras la gran masa del cerro del Catalejo, que de este lado bajaba casi hasta el mar en formidables acantilados.
La punta de la Bolina y el monte Mesana estaban a tiro de piedra; el cerro, yermo y oscuro; la punta, rematada por acantilados de diez o quince metros de altura y bordeada por grandes masas de rocas desprendidas. Estaba apenas a un cuarto de milla mar adentro y mi primera intención fue ponerme a remar y acercarme a la orilla.
Pronto desistí de ese plan. Los cachones reventaban contra las rocas y bramaban; segundo tras segundo se sucedían los rugidos y los rociones que volaban y caían. Me di cuenta de que, si me acercaba, me estrellaría contra el abrupto litoral o me agotaría en vano tratando de escalar aquellos prominentes y amenazadores riscos.

Y, por si fuera poco, vi unos enormes y viscosos monstruos —como babosas, solo que de un tamaño descomunal— que se arrastraban en grupos sobre lajas de roca o se dejaban caer en el mar con gran estruendo; eran al menos cuarenta o sesenta, y el eco de sus rugidos retumbaba en las peñas.
