La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Durante un tiempo este estuvo en la situación más desfavorable para mí, es decir parado. Llevaba prácticamente rumbo Sur, aunque, por supuesto, cambiaba de dirección a cada momento. Cada vez que se ceñía al viento, las velas se hinchaban en parte y, en un momento, volvían a dirigirla contra el viento. He dicho que esta era la situación más desfavorable para mí, pues, aunque parecía desamparada, con las velas batiendo como cañonazos y los motones rodando y dando golpes sobre la cubierta, seguía alejándose de mí, no solo arrastrada por la velocidad de la corriente, sino por la fuerza de la deriva, que evidentemente era grande.
Pero por fin se me presentó una oportunidad. Durante unos segundos la brisa cesó casi por completo y, al darle la corriente poco a poco la vuelta, la Hispaniola giró lentamente sobre su eje y me presentó la popa; el ventanal de la cámara de oficiales seguía abierto de par en par y el quinqué todavía encendido a pesar de ser de día. La vela mayor colgaba lacia como un gallardete. El barco estaba como clavado, solo movido por la corriente.
En los últimos instantes, me había distanciado de la goleta. Pero ahora redoblé mis esfuerzos y volví a ganar terreno.