La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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La corriente arrastraba el coraclo y la goleta hacia el Sur al mismo ritmo. En cuanto al avance de esta última, era tan caótico e intermitente, y cada vez se quedaba tanto tiempo inmovilizada, que, desde luego, no le sacaba a la primera ninguna ventaja, si acaso la perdía. Si me atrevía a sentarme y a empezar a remar, seguro que podría alcanzarla. El plan tenía unos visos de aventura que me sedujeron y el recuerdo de la tinaja de agua que se guardaba en la toldilla redobló mi recobrado ánimo.

Me incorporé; casi inmediatamente me saludó un buen roción, pero esta vez me mantuve en mi empeño y me dediqué con todas mis fuerzas y con mucho cuidado a remar tras la estela de la Hispaniola a la deriva. En un determinado momento la mar estaba tan gruesa que tuve que pararme a achicar agua todo acongojado. Pero, poco a poco, fui cogiéndole el tranquillo y pude guiar mi coraclo por entre las olas sin más percance que algún golpe de proa y un roción de espuma en la cara.

Ahora empezaba a acortar a toda prisa la distancia que me separaba de la goleta; podía ver el brillo del latón en la caña del timón a cada bandazo; pero sobre cubierta no se veía ni un alma. No me quedaba más remedio que suponer que el barco estaba abandonado. De lo contrarío, los hombres estarían abajo durmiendo la mona y, en ese caso, tal vez podría reducirlos y hacer con el barco lo que me pareciera.


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