La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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La Hispaniola tenía la vela mayor y los dos foques desplegados, y la magnífica lona blanca resplandecía al sol como si fuera nieve o plata. Cuando la había avistado, tenía todas las velas tendidas y llevaba rumbo Noroeste; supuse que los hombres que iban a bordo pretendían rodear la isla y regresar al fondeadero. Pero ahora empezaba a virar cada vez más hacia el Oeste, por lo que pensé que me habían descubierto y que venían por mí. Sin embargo, al final, dio de pleno contra el viento, que la frenó en seco, quedándose un buen rato desamparada, con un batir de velas.

«Malditos inútiles —musité—; estarán todavía borrachos como cubas». Y me imaginé cómo el capitán Smollett los habría corrido a puntapiés.

Entretanto, la goleta volvió a ceñirse al viento, se le hincharon las velas durante una nueva bordada, bogó suavemente durante un par de minutos y volvió a chocar contra el viento, quedándose al pairo. Esto se repitió una y otra vez. Adelante y atrás, arriba y abajo, al Norte, al Sur, al Este y al Oeste, la Hispaniola navegaba a trompicones y, después de cada maniobra, acababa como había empezado, con las lonas batiendo al viento. Comprendí que nadie la pilotaba. Pero, entonces, ¿dónde estaban los hombres? O bien borrachos perdidos o bien la habían abandonado, pensé, y a lo mejor podía yo subir a bordo y devolver la nave a su capitán.


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