La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Apenas me había afianzado en el bauprés cuando el petifoque se puso a batir y a coger el viento por la otra amura con un estruendo como de cañonazos. La goleta se estremeció hasta la quilla con este cambio de dirección; pero al cabo de un momento, mientras las otras velas seguían tendidas, el petifoque batió de nuevo y luego se quedó colgando lacio.
Con todo este movimiento casi me voy al agua, así que, sin perder un instante, gateé por el bauprés y me tiré de cabeza sobre cubierta.
Me encontraba a sotavento del castillo de proa, y la vela mayor, que todavía estaba tensa, me ocultaba un trozo de la parte posterior de la cubierta. No se veía ni un alma. La tablazón, que no había visto un lampazo desde que estallara el motín, tenía huellas de muchas pisadas; una botella vacía, con el cuello roto, rodaba de acá para allá por entre los imbornales, como si estuviera viva.
De repente la Hispaniola cogió de pleno el viento. Detrás de mí los foques crujieron con fuerza; el timón pegó un bandazo; la nave entera brincó y se tambaleó como para hacerle echar la primera papilla a cualquiera y, al mismo tiempo, el botalón de la vela mayor giró hacia dentro, la lona gimió en los motones y quedó ante mi vista la parte posterior de la cubierta a sotavento.
