La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Allí estaban los dos vigías en carne y hueso; el del gorro rojo yacía de espaldas, más tieso que un bichero, con los brazos en cruz y enseñando los dientes por los labios entreabiertos; Israel Hands, apoyado contra la borda, con la barbilla sobre el pecho, las manos abiertas caídas sobre la cubierta por delante de él y la cara tan pálida bajo la piel tostada como una vela de sebo.
Durante un rato el barco siguió dando sacudidas y bandazos como un caballo resabiado, con las velas hinchándose ora por una amura, ora por otra, y el botalón girando de acá para allá hasta que el mástil crujía escandalosamente bajo la tensión. También una y otra vez, una nube de rociones entraba por la borda y la proa del barco chocaba contra el oleaje; aquella nave tan grande y bien aparejada se defendía peor contra el temporal que mi escorado coraclo de fabricación casera, que había acabado en el fondo del mar.