La Isla del tesoro

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A cada brinco que pegaba la goleta, el del gorro rojo daba un bandazo, pero lo que más impresionaba era ver que ni su postura ni su mueca, que dejaba al descubierto los dientes, cambiaban lo más mínimo a pesar de los vaivenes. Y a cada brinco, también Hands se doblaba más y se iba deslizando sobre la cubierta, con los pies cada vez más adelantados y con todo el cuerpo escorado hacia la popa, de modo que, poco a poco, fui dejando de verle la cara y al cabo no distinguía otra cosa más que la oreja y el despeinado tirabuzón de una patilla.

Al mismo tiempo me di cuenta de que, alrededor de ambos cuerpos, había salpicaduras de sangre ennegrecida sobre la tablazón y empecé a creer que se habían matado el uno al otro en una reyerta de borrachos.

Mientras así los contemplaba y cavilaba, en un momento de calma en el que el barco se quedó quieto, Israel Hands se giró un poco y, con un leve gemido, volvió a adoptar la postura que tenía cuando lo vi al subir al barco. Aquel gemido, que expresaba dolor y una debilidad mortal, y el modo como le colgaba la mandíbula, me movieron a compasión. Pero cuando me acordé de la conversación que había oído desde dentro del tonel de manzanas se esfumó mi simpatía.

Eché a andar directamente hacia popa y, al llegar al palo mayor, dije con ironía:

—Bienvenido a bordo, señor Hands.


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