La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Este miró a su alrededor desorientado; pero estaba demasiado atontado para expresar sorpresa alguna. Solo fue capaz de musitar una palabra:
—Aguardiente.
Pensé que no había tiempo que perder y, esquivando la botavara, que se había vuelto a atravesar en medio de la cubierta, seguí mi camino hacia popa y bajé por la escalera de toldilla a la cámara de oficiales.
Allí reinaba semejante desorden que resulta difícil imaginarlo. Todas las cerraduras habían sido forzadas en busca del mapa. El suelo estaba lleno de barro, pues aquellos rufianes se habían sentado a beber y a deliberar después de haber caminado por las ciénagas alrededor del campamento. Los mamparos, todos pintados de blanco con junquillos dorados, estaban sucios de huellas de manos. Docenas de botellas vacías se entrechocaban en las esquinas con el movimiento del barco. Encima de la mesa se veía uno de los libros de consulta del doctor, al que le habían arrancado la mitad de las hojas, supongo que para encender las pipas con ellas. En medio de todo aquello, la llama del quinqué seguía echando humo con un resplandor tenue y terroso.
Bajé a la bodega; no quedaba ni un solo barril y habían bebido y tirado una cantidad impresionante de botellas. Efectivamente, desde que se habían amotinado, ni uno solo de aquellos marineros había estado sobrio en ningún momento.