La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Revolví un poco y encontré una botella de aguardiente para Hands; y, para mí, localicé algunas galletas, frutas en conserva, un gran racimo de uvas pasas y un pedazo de queso. Con ello subí a cubierta y puse mis propias provisiones detrás del gobierno y fuera del alcance del timonel; luego me acerqué a la tinaja de agua, eché un buen trago y solo entonces, pero no antes, le di a Hands el aguardiente.

Debió de beberse un cuarto de pinta antes de despegar el morro de la botella y luego exclamó:

—¡Rayos, qué falta me hacía!

Yo ya estaba sentado en mi rincón y me había puesto a comer.

—¿Os encontráis muy mal? —le pregunté.

Gruñó, o más bien diría que ladró y me contestó:

—Si el matasanos estuviera a bordo, me pondría bueno en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ya ves, tengo una suerte muy negra, eso es lo que me pasa. En cuanto a ese patán, está muerto y bien muerto —añadió señalando al hombre del gorro rojo—. De todas maneras, era un marinero de tres al cuarto. Y tú ¿de dónde diablos has salido?

—Estoy aquí para tomar posesión del barco, señor Hands —le contesté—. Y hacedme el favor de considerarme vuestro capitán hasta nueva orden.


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