La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Me lanzĂł una mirada aviesa, pero no dijo ni pĂo. Sus mejillas habĂan recobrado algo de color, pero todavĂa parecĂa muy dĂ©bil y seguĂa dando tumbos con el vaivĂ©n del barco.
—Y por cierto —continué—, no quiero ver esa bandera, señor Hands. Con vuestro permiso, voy a arriarla. Mejor es no llevar ninguna que llevar esa.
VolvĂ de nuevo a esquivar la botavara, corrĂ hacia las drizas, arriĂ© la maldita enseña negra y la tirĂ© al mar, al tiempo que decĂa agitando mi gorra:
—¡Dios salve al rey! ¡Este es el final del capitán Silver!
El otro me miraba de soslayo con toda atenciĂłn, con la barbilla aĂşn hundida en el pecho. Al fin dijo:
—Me imagino…, me imagino, capitán Hawkins, que querrás regresar a tierra ahora. ¿Qué te parece si hablamos?
—Naturalmente —repuse—, faltarĂa más, señor Hands. Hablad.
Y volvĂ a ponerme a comer con mucho apetito.