La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Ese hombre —empezó a decir Hands indicando con un débil movimiento de cabeza el cadáver— se llamaba O’Brien, era un irlandés muy bruto. Ese hombre y yo desplegamos las velas con la intención de regresar. Resulta que él ahora está muerto y bien muerto; y no sé quién va a pilotar el barco. Sin que yo te eche una mano, me parece a mà que no serás capaz. Mira lo que te digo: tú me das de comer y de beber y un trapo o un pañuelo para vendarme la herida, y yo te digo cómo se pilota este barco; si te parece, trato hecho.
—Y yo os digo lo siguiente —le contesté—. No pienso regresar al fondeadero del capitán Kidd. Tengo la intención de entrar por la bahÃa del Norte y fondear tranquilamente en aquella costa.
—¡FaltarÃa más! —exclamó él—. Al fin y al cabo no soy tan inútil. Tengo ojos en la cara, ¿no? He probado mi suerte y he perdido, y ahora estoy en tus manos. Conque a la bahÃa del Norte, ¿eh? ¡Qué remedio me queda! Si viniera al caso, vive Dios que te ayudarÃa a llegar, aunque fuera al muelle de las Ejecuciones, ¡seguro!