La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Me pareció que lo que decía tenía cierto fundamento. Cerramos el trato inmediatamente. Al cabo de tres minutos la Hispaniola navegaba sin dificultad bajo mi mando a lo largo de la costa de la isla del Tesoro, con buenas perspectivas de doblar la punta norte antes de mediodía y de virar para llegar a la bahía del Norte antes de que subiera la marea; luego podríamos vararla sin peligro y esperar a que la marea bajara para desembarcar.
Entonces fijé el gobernalle y bajé a buscar en mi baúl un fino pañuelo de seda que me había dado mi madre. Con él y con mi ayuda, Hands se vendó el gran tajo ensangrentado que tenía en un muslo; después comió un poco y bebió un par de tragos más de aguardiente y empezó visiblemente a recuperarse; se incorporó ligeramente, hablaba más alto y más claro y parecía en todos los aspectos otro hombre.
La brisa jugó admirablemente a nuestro favor y aprovechamos la corriente de aire como un pájaro; la costa desfilaba ante nuestros ojos y el panorama cambiaba minuto a minuto. Al poco tiempo pasamos por delante de la zona montañosa y nos deslizamos frente a las costas bajas y arenosas, salpicadas de pinos enanos; enseguida las dejamos atrás y doblamos la punta del rocoso cerro que remata la isla por el Norte.