La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Yo estaba emocionadísimo con mi nuevo cargo y encantado con el hermoso tiempo soleado y los distintos paisajes de la costa. Tenía a mi disposición agua abundante y buenos manjares y mi conciencia, que me había estado remordiendo por culpa de mi deserción, quedó acallada por la gran conquista que había logrado. Creo que me habría sentido completamente feliz de no ser por la mirada del timonel, que me seguía burlona por cubierta, y la extraña sonrisa que brillaba continuamente en su rostro. Era una sonrisa que tenía un fondo de dolor y de debilidad, la sonrisa bobalicona de un viejo, pero que mostraba también una pizca de burla, una sombra de traición en su expresión mientras me miraba astutamente, y me miraba, y me miraba, mientras yo me dedicaba a mis tareas.