La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El viento, que soplaba ahora por el Oeste, nos era totalmente favorable, facilitando nuestra navegación desde la punta nordeste de la isla hasta la boca de la bahÃa del Norte. Lo malo era que, como no nos cabÃa la posibilidad de echar el ancla y no nos atrevÃamos a varar el barco hasta que no hubiera subido la marea bastante más, no tenÃamos nada que hacer de momento. El timonel me explicó cómo tenÃamos que dejar el barco al pairo. Tras una buena serie de intentos lo conseguà y ambos nos quedamos sentados en silencio mientras volvÃamos a comer.
Al cabo, dijo con la misma sonrisa inquietante:
—Capitán, ahà está mi viejo camarada O’Brien; qué te parece si lo tiras por la borda. Por lo general no soy muy quisquilloso y no siento remordimientos por haberlo mandado para el otro mundo. Pero tenerlo ahà de adorno en el medio…
—No tengo suficiente fuerza y tampoco me agrada el asunto; por mÃ, que ahà se quede —le dije.
