La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Este barco, la Hispaniola, está gafado, Jim —prosiguió guiñando un ojo—. Ya han muerto un montón de hombres en esta Hispaniola, la tira de marineros muertos y desaparecidos desde que tú y yo zarpamos de Bristol. Nunca he visto peor agüero, te lo aseguro. Ahà tienes al bueno de O’Brien, y ahora… ha cascado, ¿verdad? Mira, yo no tengo estudios y tú eres un muchacho que sabe de letras y de cuentas. Y, por decirlo sin rodeos, ¿tú crees que cuando una persona se muere, se muere y nada más o luego puede volver a vivir?
—Señor Hands, se puede matar el cuerpo, pero no el espÃritu. Seguro que ya lo habéis oÃdo antes —le contesté—. O’Brien está en el otro mundo y puede que nos esté mirando.
—¡Vaya! ¡Qué mala suerte! —dijo Hands—. O sea que mandar a alguien al otro barrio no sirve para nada, ¿no? Aunque, bien mirado, los espÃritus no cuentan demasiado, por lo que yo he visto. Con un espÃritu me atrevo yo, Jim. Y ahora que te has expresado tan claramente, te agradecerÃa que bajases al comedor y me trajeras un… ¿Cómo…? ¡Mal rayo me parta! No me acuerdo cómo se llama; bueno, una botella de vino, Jim; este aguardiente se me sube demasiado a la cabeza.