La Isla del tesoro
La Isla del tesoro A mÃ, las dudas del timonel me parecieron poco auténticas, y en cuanto a que prefiriera el vino al aguardiente no me lo creà en absoluto. Toda aquella historia no era más que un pretexto. Era evidente que querÃa que me fuera de cubierta, pero no podÃa imaginarme el motivo de ello. Nunca me miraba directamente a los ojos, sino que volvÃa la mirada de acá para allá, ora clavándola en el cielo, ora posándola de cuando en cuando sobre el cadáver de O’Brien. No dejó de sonreÃr ni un momento y sacaba la lengua con gesto culpable y turbado de tal manera que hasta un niño habrÃa adivinado que estaba tramando algo. Sin embargo, no tardé en contestarle, pues sabÃa en qué lo aventajaba y que con un tipo tan poco inteligente como aquel podÃa ocultar mis sospechas hasta el último momento. Asà que le dije:
—Conque preferÃs vino, ¿eh? Eso está mejor. ¿Os apetece blanco o tinto?
—Bueno, a mà me da lo mismo, compadre —replicó—. Con tal de que sea fuerte y abundante, por lo demás me da igual.
—Muy bien —le contesté—. Os traeré oporto, señor Hands. Pero creo tendré que revolver para encontrarlo.